23 may. 2011

La marquesa y el mendigo

Fue su primera cita. Él lo estaba pasando realmente mal con el divorcio y para distraerse comenzó a frecuentar las páginas web de contactos. Todo muy light, todo muy de novato. Empezó a conocer mujeres de todas las edades y tipos, jóvenes, guapas, feas, mayores, etc.. Aún no había adquirido ni la técnica ni los
conocimientos necesarios para distinguir con quienes podría terminar en la cama y con quienes en el altar. Lo que sí se le daba bien era escribir emails. Tantos años de leer novelas por fin tenían un cierto aprovechamiento y se dio cuenta que sus emails gustaban. A él también le gustaba escribirlos, le distraían. Fueron muchas las chicas que le interesaron pero no encajaba con
ninguna. Seguía faltándole vista para saber cuando acelerar o desacelerar la relación. Sólo una mujer se fue manteniendo constante, respondiendo puntualmente a los emails y accediendo a una cita. El problema es que ella vivía en una ciudad distante 300 kilómetros de la suya. Aún no sabía que la distancia física era un gran inconveniente pese a que en Internet no lo pareciera.


Cuando por fin él fue saliendo de juicios de divorcio y perdiéndolo todo, hijos, casa, sueldo y ganas de vivir, concretaron una cita. Él necesitaba aire libre y era un apasionado del senderismo por una sierra a medio camino entre su ciudad y la de ella. Quedaron en un camping de donde salía un sendero que él
conocía bien. Ambos eran novatos en citas por Internet. No sabían que jamás se debe quedar para pasar un día entero con un desconocido. Puede salir muy bien o muy mal. En este caso salió muy bien. Ella era mucho más guapa que en cualquier foto que él hubiera visto. Era realmente una princesa rubia de ojos verdes con un cuerpo impresionante a base de footing y pilates. Se notaba que
ella era rica o al menos no le faltaba dinero. Ambos se sintieron cómodos desde el primer minuto y a los dos les encantaba aquella sierra. Caminaron y charlaron, charlaron y caminaron. Se sentaron a comer queso y vino al borde del sendero sobre una manta y siguieron charlando y caminando. Al caer la noche tomaron café en el bar del camping y siguieron charlando y charlando. Les costó despedirse pero al final tomaron cada uno su coche rumbo a sus respectivas ciudades.


Pasaron un par de meses de mucho chateo por Internet, emails, intento de citas frustradas, webcam donde ella, supuestamente tímida y recatada, no dudaba en hacerle conatos de desnudos a él y él no dudaba en contarle lo que le haría en cuanto pudiera. Volvieron a quedar un fin de semana frío de enero. Justo antes del enésimo juicio de él por la custodia de sus hijos que invariablemente perdería. Iban a pasar la noche juntos en un hotel y se iban a dedicar al más sano de los ejercicios amorosos durante toda la noche. Pero cuando ella llego le anunció que no podría quedarse, su ex había aparecido inesperadamente con un par de amigos para ver a sus hijos y ella no quería estar lejos. Pasaron el día juntos sin mucho animo y se despidieron amargamente al llegar la noche. Él se quedó en el hotel, en la habitación que tenían reservada, imaginando durante toda la noche como hubiera sido si ella se hubiera quedado.


Varios meses mas tarde volvieron a quedar. Esta vez ella iría a la ciudad de él y se alojaría en su piso. Estaban por la labor, muy ilusionados, se conocían ya desde hacía casi un año, solo se habían visto dos veces y en ninguna había sucedido nada. En esta ocasión al menos estaba confirmado que ella pasaría la noche con él. Iba a ser la primera vez que él iba a estar con una mujer después de su divorcio, hacía ya más de un año, y para ella también iba a ser la primera vez después de su divorcio, que en su caso era de hacía dos años.


Cuando ella llegó a mediodía él aún estaba en el trabajo por lo que tuvo que esperarlo en un bar donde los parroquianos no estaban acostumbrados a ver una belleza de ese tipo y estuvieron intentando invitarla a un vino y lo que se terciara. Ella tuvo que esperarlo en la calle y cuando por fin él llegó ella se alegro por varios motivos. Desde luego el barrio obrero de él no era a lo que ella estaba acostumbrada. Hicieron bromas al respecto y por fin ella le confesó que en realidad era marquesa, que no usaba el título porque ya no tenía ningún sentido pero que realmente nunca había estado en un barrio obrero. Él bromeó sobre su situación de pobreza extrema tras el divorcio y la gran diferencia de la situación entre ella y él, ella rica y con la custodia de sus hijos y él pobre y sin
sus hijos.

Ella estaba nerviosa así que de todo lo que él le ofreció prefirió el vino frío ya que empezaba el verano. Bebió bastante para quitarse los nervios y el pudor y poco a poco él también se sintió un poco ebrio de vino y belleza y torpemente pasó de las palabras a los hechos y se besaron. Fue un bonito primer beso, un primer beso que sellaba el final de sus respectivos matrimonios y el comienzo de esa relación. Ambos querían amor, sexo y compañía por ese orden y estaban felices de haberse encontrado.

Él tomó la iniciativa todo el tiempo y ella no dejó de beber vino hasta que en un gesto torpe, provocado por la bebida, tiró la bandeja con la botella de vino y las copas, que se estrellaron contra el suelo con gran estrépito y risas de los dos que a esas alturas estaban más borrachos que conscientes de lo que hacían. Él la
cogió en brazos y la llevó a su dormitorio donde terminó de desnudarla. Siguieron acariciándose y comenzaron a hacer el amor. A partir de ahí la cosa se complicó. Ella tenía el coño absolutamente seco y él no podía penetrarla por mucho que lo intentara. Cuando por fin lo consiguió, apenas unos centímetros, ella comenzó a ladrar. “Guauf, guauf”, era su manera de gemir por lo visto pero a él lo desconcertó tanto que apenas podía mantener la erección. Entre unas cosas y otras tuvieron que dejarlo sin que ninguno de los dos alcanzara el orgasmo, por la bebida, por la falta de practica, por lo raro de sus ladridos.


No importaba, él comenzó a acariciarla y a comprobar que la nobleza tenía esa piel tan suave, tan de melocotón, conseguida a base de cientos de años de no estropearse con trabajos manuales, que la plebe jamás poseería. Ella se dejó hacer hasta que se durmió profundamente y entonces él comprobó asombrado un rasgo de la nobleza que no se esperaba... los ronquidos. Nunca sabrá si fue el vino o realmente la aristocracia dejaba de serlo cuando dormía, pero aquella marquesa roncaba como el peor de los jornaleros.


Se pasaron toda la noche en duermevela intentando hacer el amor sin éxito, consiguiendo apenas penetrarla un poco, para tener que dejarlo a continuación. Era como hacer el amor con una virgen de cadera estrecha. Todo muy complicado. Solo ya bien entrada la mañana consiguieron una penetración plena y un amago de orgasmo por parte de los dos que a los dos dejo insatisfechos y desilusionados. Desayunaron en el bar de la esquina, hablaron de cualquier cosa, menos de la nefasta noche que acababan de pasar juntos, y se despidieron con media sonrisa, mitad reproche mitad vergüenza. Siguieron chateando y escribiéndose un tiempo.


Nunca más se volvieron a ver.

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