4 jun. 2011

Una señora en la calle

Poco a poco él comenzó a desarrollar una cierta técnica para conocer mujeres por Internet. Un cierto control sobre los emails y diálogos por chat, una especie de intuición y conocimiento sobre con quien podría acabar en la cama o en la Iglesia. Se encontró con muchas princesas que querían que las adoraran aún incluso sin conocerlas. El amor de animalitos de Walt Disney y los románticos del siglo XIX le han hecho tanto daño han hecho al sexo libre y a las relaciones normales.

Era muy fácil para él introducir un par de chistes sexuales al principio de la conversación para comprobar si la mujer en cuestión huía horrorizada, o encajaba con deportividad la salida de tono y, a veces, seguía el juego y a su vez le hacía un par de comentarios subidos de tono. Llegó a la conclusión de que las fotos eran casi todas de hacía por lo menos cinco años, cuando no más, y que sólo en una primera cita se podría saber como era realmente su interlocutora. Decidió que era mejor quedar en cafeterías del centro de su ciudad, un café, media hora y después ya se vería. Mostraba en esos cafés todo su encanto y desarrolló una cierta actitud positiva en esas primeras citas, casi de vendedor de El Corte Inglés.

Leyó en algún lado que siempre hay que mostrarnos tal y como somos pero que siempre podemos mostrar nuestro mejor yo. Con todo lo aprendido en las novelas que había leído y un par de cursos de ventas a domicilio aprendió a discernir el interés, el objetivo y la capacidad de decisión de las mujeres con las que quedaba. Muchas veces se equivocó, pero poco a poco fue depurando una cierta técnica de seducción que, sin ser de libro, a él le iba dando resultados. Después de ese primer café, si conectaban, él las solía invitar a su piso a un té con el acuerdo implícito de que ese té terminaría con sexo. Si ellas aceptaban subir a tomar un té sabían que terminarían sin bragas.

Una vez quedó con una mujer que realmente le llamaba la atención. Era de un pueblo cercano a su ciudad, pero era ese tipo de pueblo con fama de cerrado. Ella en todas sus conversaciones denotaba lo que él esperaba de ese tipo de mujer de pueblo. Tradicional, divorciada a su pesar, mas ancha que alta, que esperaba reemplazar al marido huido por otro de igual tipo, de misa de domingo y apariencias impecables. El caso es que él ya estaba por terminar sus primeros contactos y rechazarla para siempre jamás cuando, más por seguir su método que por esperar algo, le soltó una de sus salidas de tono sexuales de la que esperaba recibir un bofetón virtual y el cierre de conexión de ella. Sin embargo ella le respondió con más soltura y desparpajo que ninguna otra. Le sorprendió tanto su respuesta que le preguntó, sin más, que opinaba ella del sexo y ella, sin ningún tipo de problema,le dijo que si veía que podía haber una relación seria lo dejaba para el final, recatada y pudorosa, pero si, como en el caso de él, veía que no iba a haber una relación pero sí podría haber buen sexo, lo cogía con las dos manos. Siempre y cuando fuera una relación discreta, guardando las apariencias, y nunca en su pueblo. Según ella había que ser una señora en la calle y una puta en la cama. Tardaron cinco minutos en quedar en la cafetería de al lado del piso de él, si había feeling él le preguntaría si quería tomarse un té en su piso, lo cual ya le había quedado claro a ella que implicaba sexo.

Cuando se vieron él confirmó lo que ya sabía. Estaba delante de una señora, bien vestida, maquillada, con gestos y palabras impecables. Era un poco ancha de caderas y con pechos abundantes de matrona romana. Él jamás se habría fijado en una mujer así por la calle, no era en absoluto su tipo pero allí, en aquella cafetería, sabiendo lo que sabía de ella, no dudó en comenzar una conversación llena de indirectas, de segundas intenciones, y ella le seguía el juego con una apariencia seria en sus labios pero absolutamente desmentida por unos ojos azules que no paraban de decirle que toda la apariencia se terminaría una vez llegados a su piso. A la medía hora él le ofreció un té en su piso que estaba cerca y ella no dudó en aceptar. Cualquier oído indiscreto, que hubiera escuchado la propuesta y la aceptación, no habría sospechado nada de lo que allí se había acabado de acordar.

Le echó un poco de ron al té para agilizar el paso de señora a puta, pero no hubiera hecho falta porque antes de terminar la primera tetera ya habían comenzado a besarse y a partir de ese primer beso ella ya no se volvió a comportar como una señora nunca más en su piso. Él descubrió que las señoras pueden ser más putas que las putas y desde luego aquella mujer le hizo mirar con otros ojos a todas las señoras, arregladas y maquilladas que iban a misa los domingos. También descubrió la exhuberancia de una mujerona, de una matrona romana de grandes pechos y anchas caderas. Descubrió lo fácil que era penetrar a una mujer que había parido cuatro veces sin problemas, lo espléndido que era morder un culo inacabable y la sensación de plenitud que daba agarrar con fuerza unos pechos que no podía abarcar con sus manos.

Al final de aquella noche él no podía dejar de mirar fascinado como aquella amante desinhibida, agradecida y profundamente erótica, volvía a convertirse en toda una señora respetable para salir a la calle. A las apariencias de un pueblo cerrado que jamás sabría que aquella señora en la calle era una verdadera mujer en la cama.

Volvieron a quedar muchas veces más.

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