16 jun. 2011

El masaje

Pensó, y con razón, que jamás debía de haber aceptado el reto. Aquel desconocido al que acababa de ver en persona en la cafetería era un provocador nato. Ella lo sabía, lo conocía de muchas charlas por Internet y ya en su foto se insinuaba un algo no definido que se escapaba de los convencionalismos. De todas formas no debía haber aceptado. Quizás es que ese día le dolían los pies de una forma intensa pero no era excusa, quizás el que ese día su madre y la pequeña estaban en la playa, pero eso tampoco era excusa. Jamás debió haber invitado a ese desconocido a su casa. Cuando abrió la puerta e hizo pasar a aquel tipo se prometió a si misma que, en cuanto terminara de darle el tan cacareado masaje en los pies, lo iba a poner de patitas en la calle. Él siempre se mostró cortes y respetuoso, durante el café ni siquiera le toco más de lo aconsejable en una primera cita, de todas formas su manera de comportarse no dejaba de parecer una impostura ya que sus ojos y su sonrisa le hablaban claramente de pensamientos que él jamás expresaba. Hablaron de mil cosas, de sus hijos, de su exmarido, del trabajo, pero ella notaba como él la iba sometiendo a un bien dirigido interrogatorio acerca de sus gustos más íntimos, más sensuales, cuando ella se daba cuenta la conversación había girado hacía un tema inofensivo.

 En cuanto llegaron al salón él le preguntó por la cocina y le pidió que se sentara en el sillón y se descalzara. Al poco volvió con una palangana, un vaso con aceite y una toalla, cuando ella quiso protestar, o al menos tomar cartas en el asunto, él la sonrió de forma desarmante como si hubiera escuchado el chiste del siglo. Sin decir nada se fue hacía el equipo de música y puso “La mer” de Debussy. Ella no llegaba a sentirse incomoda pero se repitió a si misma que era la última vez que invitaba a un desconocido, o casi, a su casa. Entonces él fue atenuando las luces, dejando apenas una penumbra, y se sentó delante de ella. Le cogió los pies y se los lavó lenta y cuidadosamente. Ella, superado el corte inicial, sintió la agradable sensación del cuidadoso y refrescante baño al que eran sometidos sus pies. Jamás nadie le había lavado los pies y ese tipo sabía como hacerlo. Comenzó a relajarse y él lo noto porque le dedicó otra de aquellas sonrisas tan amplias. Cuando hubo terminado la limpieza le depositó ambos pies en su regazo, encima de la toalla y se los seco a conciencia. Hecho esto cogió el vaso con aceite y se echo un poco en la palma de la mano izquierda que fue rápidamente frotada con la derecha. Entonces comenzó el masaje de verdad.

 Los dedos de él demostraban la agilidad y experiencia de quien ha hecho lo mismo miles de veces. Trazaban círculos, recorrían senderos, separaban los dedos de ella, los apretaban y estiraban. Cada movimiento tenía un fin preciso, una cadencia concreta. Ella notaba como el masaje que estaba recibiendo en  los pies se iba reflejando en todo su cuerpo. Notaba como sus hombros rígidos se dejaban caer como una cascada, como su espalda en tensión cedía a la laxitud, como su pecho iba expulsando suspiro tras suspiro. Se dejo caer aún más en el sillón hasta hundirse en él. 

Mientras el masaje continuaba él miraba partes concretas del cuerpo de ella quien a su vez comenzó a luchar contra la idea de cerrar los ojos y observaba con atención las evoluciones del desconocido. Así pudo ver como él se concentraba en su tobillo mientras observaba atentamente la mano de ella aún un poco encrespada, poco  a poco notó como los dedos de su mano perdían el vigor y caían lacios y felices a lo largo de su palma. Él esbozó apenas una sonrisa y entonces se dedicó a pasar apenas los dedos de la mano por el empeine del pie derecho mientras le miraba interrogante al rostro. Ella sintió como cada uno de los músculos de su rostro iba encontrando su lugar, su morada de descanso, se resistió pero al final cerró los ojos. 

En ese momento el masaje cambió. Él se dedico a los dedos de los pies con un ritmo y una forma que en nada se parecían a lo que había hecho hasta ese momento. Ella sabía que algo había cambiado en el masaje pero no supo definir el cambio. Poco a poco las sensaciones que antes relajaban tanto su cuerpo se fueron haciendo más definidas, menos huidizas, más concretas. Notó como los dedos de sus pies al ser tocados de esa forma transmitían una sensualidad inusual en esa parte de su cuerpo. Adivinó, más que supo, que había entreabierto los labios, quiso, pero no pudo, abrir los ojos. Sintió como una pequeña oleada de calor le subía por las piernas. Era como si los dedos de él, al tocarle de esa forma, generaran pequeñas descargas eléctricas agradables, sinuosas, apenas algo más que unas cosquillas que eran transmitidas por sus piernas al resto de su cuerpo. Sintió como ese tipo de masaje le estaba provocando un despertar de la piel, de los sentidos, escuchó a Debussy como nunca antes. Las oleadas fueron intensificándose pero lejos de parecer desagradable se le iba creando la necesidad de sentir una oleada en cuanto terminaba la anterior. Se sentía como en una playa, al borde del mar donde las olas le pasaban por encima tumbada en la arena. Percibía como las sensaciones nacidas en la punta de sus pies continuaban por todo su cuerpo hasta la nuca, como si esta fuera un acantilado, donde se recreaban poniéndole todos los pelos de punta y volvían otra vez hacia su origen difuminándose a la altura de los tobillos.

Él volvió a cambiar el ritmo y la forma del masaje. Ella lo notó enseguida. Las oleadas seguían originándose en los pies pero de una forma más imprecisa, menos dirigida. Advirtió que ya no se recreaban en su nuca, sino que se expandían por todo su cuerpo como buscando otra roca donde ir a morir, otro acantilado en el que encontrar su reflujo. Supo que estaba suspirando más fuerte de lo normal, casi jadeaba y entones se dio cuenta de cual era el acantilado actual, cual era la roca donde las oleadas se concentraban. Lo supo en el mismo instante en el que olió el flujo de su sexo. Su clítoris se había erguido como un faro que, en vez de iluminar la noche para evitar  accidentes, se hubiera empeñado en atraer sobre sí todo el ímpetu de la tormenta que se estaba desatando en su cuerpo. Se agarró con ambas manos a los brazos del sillón pero no hizo nada por parar aquello. Su sexo se había abierto como una gruta marina en la cual el agua entraba y salía. De la misma forma que ella sentía como desde la punta de los dedos de sus pies y desde todos y cada uno de los poros de su piel se enviaban sensaciones, suaves y profundas, de un erotismo claro y a la par disimulado, hacia el mismo centro de su deseo. 

Cuando él se ayudó de su boca, de sus labios, de su lengua en el masaje en los pies, cuando notó como él le chupaba los dedos del pie derecho no pudo evitar abrir un poco las piernas y sintió como se le habían mojado las bragas y su sexo se había hinchado, pero no le importó lo más mínimo. El ritmo volvió a cambiar y esta vez supo que no tardaría en correrse. Él usaba su lengua de una forma increíble, sus labios le chupaban los dedos uno a uno, derritiendo cada dedo que era lamido. Ella comenzó a mover rítmicamente las caderas siguiendo el mismo ritmo que él aplicaba a sus largos y húmedos lametones. El orgasmo le vino esperado y suave, sensual y repartido por todo su cuerpo, de su clítoris rojo y erecto se emitieron oleadas de placer que ella sintió más allá de su piel tocándole el alma, expandiendo su pecho como si por un momento su espíritu quisiera salir a volar, como si el corazón le estallara de felicidad.

Tardó mucho en volver a recobrar la respiración y la conciencia de lo que había sucedido, tardó mucho en poder abrir los ojos, tardó mucho en reconocer el beso en la frente y el sonido de la puerta al cerrarse. Cuando por fin se recobró del todo busco su móvil y le mando un mensaje al desconocido. “¿Nos tomamos otro café mañana? Aún me duelen los pies.”

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